Conciencia

domingo, 22 de abril de 2007

Domingo 22/abril/07: El vuelo del colibrí

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El vuelo del colibrí

Ernesto Cortés

“¿Por qué a mi?”, dijo Terrence McKenna cuando los médicos le informaron que tenía glioblastoma multiforme, una forma especialmente agresiva de cáncer en el cerebro. “Nunca he ganado un premio en una rifa, ¿por qué ahora me gano esto?” Era irónico: Terrence había pasado 53 años explorando sus lóbulos, exprimiendo sus capacidades y utilizándolo para despertar el de otras personas. Ahora, le quedaban seis meses de vida por causa de ese mismo cerebro.

La semana pasada se cumplió el séptimo aniversario luctuoso del filósofo y botanista norteamericano Terrence McKenna. Aunque en vida McKenna no fue muy conocido a un nivel de cultura popular, en algunos campos su legado constituye una obra monstruosa que resuma inteligencia, innovación, pasión y una peculiar vena de especulación creativa que amplió los campos de lo explorable y formuló una visión más completa (y compleja) del hombre en el universo.

Tal vez McKenna es más conocido por haber sido el iniciador de la especulación sobre lo que supuestamente sucederá en diciembre del 2012 (coincidiendo con el fin del calendario maya), a través de su Teoría de la Novedad, lo cual aunque de entrada no es una muy buena presentación a su trabajo, hablando en términos rigurosamente científicos, sí es una muestra de la extravagancia y riqueza de su cerebro. Utilizando un elaborado modelo matemático creado por él, y eligiendo arbitrariamente sucesos en la historia como puntos clave para sustentar su teoría, McKenna advirtió que el curso de la historia del universo se regía por una variable llamada Novedad (Novelty), una cualidad inherente del tiempo cuyos picos al ser graficados coincidían con sucesos como la formación de la Vía Láctea, el enfriamiento de la Tierra, el paso de la edad de piedra a la edad de los metales, la Revolución Industrial y la bomba en Hiroshima, y que, además, era una gráfica fractal, lo cual de manera burda podría ser interpretado como “la historia se repite, pero va a llegar el momento en que no aguante más”.

La mente de McKenna podía concebir conceptos especialmente abstractos, complejos o incluso absurdos, pero su maestría sobre la palabra y su capacidad de hablar con imágenes poderosas sobre temas aparentemente etéreos e inefables lo convirtieron en un gurú New Age en los 90s, cuando el advenimiento de la Internet le dio material para generar un discurso filosófico en torno al papel de la tecnología en el camino de la humanidad, y para comenzar a mapear y a plantear marcos conceptuales tratando de explicar y explotar el ciberespacio y la realidad virtual. Para McKenna, ésta última constituía el vehículo artístico de la experiencia psicodélica, un campo al que llegó a través de su trabajo como etnobotanista, que fue otra de las facetas que desarrolló. Hacia el final de su vida, McKenna había realizado una importante labor de rescate, clasificación e investigación de especies de plantas de todo el mundo a través del trabajo de una fundación que creó en compañía de Kathleen Harrison, su colega y esposa por 17 años.

Un gran entusiasta de la Internet, McKenna se preocupó por comprender y transmitir la importancia de este medio, haciendo reflexiones sesudas sobre el planteamiento del hisperespacio como un ámbito de peculiares características, que acercaba a la mente a nuevas posibilidades y se convertía en una más de las herramientas para el crecimiento de la humanidad. Para McKenna, la humanidad tenía todo lo necesario para desarrollarse, pero “estamos guiados por los menos inteligentes, los menos nobles, los menos visionarios, y no luchamos contra los valores deshumanizadores que nos son entregados como íconos de control”. Para él, una manera de luchar la constituía el arte, y sus escritos y conferencias en torno a la estética y a la función del arte son especialmente reveladores.

La faceta más rica de McKenna era la de orador. Poseedor de un particular don de la palabra, McKenna elaboraba un discurso sofisticado, complejo y extravagante que cautivaba a sus audiencias. En sus conferencias, McKenna tejía sobre la marcha conceptos filosóficos profundos que desarrollaba con maestría y que, al ser recitados por su voz grave y su peculiar estilo de hablar, resultaban casi hipnóticos. Su elocuencia lo llevó a convertirse en una de las voces más escuchadas en terrenos tanto científicos como místicos y New Age. A lo largo de los 90s, participó en numerosas conferencias, simposios y mesas de debate en los que compartió sus visiones sobre la humanidad y su futuro, y donde enriqueció su obra con el trabajo de otros científicos, filósofos y artistas con los que regularmente organizaba mesas de discusión o “triálogos”, como él los llamaba. Así, fue armando la trama de lo que fue su herencia en materia de filosofía, con un discurso tan innovador, profundo y consciente, que resulta intrincado y en momentos obscuro todavía, apenas a una década de su aparición. La visión de McKenna iba tan a futuro, que resultó grotesca su prematura muerte. Los últimos meses de su vida fueron especialmente ricos en cuanto a escritos filosóficos, y sellaron de manera justa, aunque apresurada, el legado de uno de los hombres más brillantes del fin de siglo XX.




1 comentario:

fungitron dijo...

gracias por ésta nota.

salud.