Conciencia

lunes, 21 de julio de 2008

Sábado 19/jul/08: Humberto Mariles Cortés


I: Buenos días
La leyenda lo envuelve, y parece que de pronto la bruma del mito se sobrepone al individuo, pero eso es lo de menos. No se le pueden hacer remilgos a la biografía de un hombre que vio a Hitler encabronarse por el triunfo de Jesse Owens (en viaje patrocinado por Lázaro Cárdenas); que siendo militar desafió al presidente Miguel Alemán y se fue sin permiso a las olimpiadas; que fue recibido en Roma por el papa Pío XII (irónicamente, un 10 de mayo); que ganó la primera medalla olímpica de oro para México, montando un caballo al que le faltaba un ojo; que insultó verbalmente al presidente Ruiz Cortínes; que fue sentenciado a pasar 20 años en Lecumberri por dispararle a un automovilista en un altercado de tráfico (y matarlo, aunque el reporte oficial maquillaría muy bien todo); que cumplió solo 5, pero que terminaría sus días, inesperadamente, en la celda de una cárcel de Paris, envenenado, después de haber sido apresado en un restaurante donde compartía comida con dos narcotraficantes buscados por la policía francesa. Si Humberto Mariles Cortés no hubiera nacido, lo hubiera escrito Paco Ignacio Taibo II en una de sus novelas policíacas. Las palabras misteriosas de hoy son: historias olímpicas, capítulo cuatro.

II: Arre
No fue una, sino tres las medallas que Mariles dio a México en las olimpiadas de Londres ’48: dos de oro y una bronce, montando a su caballo Arete. El entonces Coronel del Ejército Mexicano llevaba 12 años preparando al equipo de jinetes mexicanos, y había visto cumplirse dos ciclos olímpicos sin actividad (por la Segunda Guerra Mundial), de modo que cuando Miguel Alemán le ordenó no ir a la gira europea que concluiría con la competencia en los Juegos Olímpicos, Mariles literalmente se montó en su macho, agarró y se fue: no había estado esperando todo este tiempo para que a un hombre de escritorio, por muy presidente de la República y jefe máximo del Ejército que fuera, se le ocurriera de última hora no permitirle irse a representar al país a las olimpiadas. El perdón presidencial vendría con los logros en el viejo mundo y las medallas que trajeron de regreso. Sin embargo, el temperamento del que luego fue ascendido a General le causó no pocos desencuentros a lo largo de su vida.

III: A mi nadie me grita
Cuando un borracho (dicen) se le cerró con su carro (dicen) al general Mariles, (el 14 de agosto de 1964, exactamente 16 años después del glorioso día en el podium) éste ni tardo ni perezoso sacó su pistola y le disparó al agresor, que luego resultó ser un individuo de conducta vana y carácter peligroso, padre de varias criaturas con diferentes mujeres, lacra social y otras lindezas que sacaron a relucir oportunamente los abogados del militar. Lo malo fue que al balaceado se le ocurrió morirse una semana después (de algo que no tenía nada que ver con el balazo, aseguraron los peritos), y el general se enfrentó a un juez que no se impresionó con sus medallas olímpicas, genuflexiones ante el Papa, ni ovaciones de pie en Wembley, y lo condenó a 20 años de cárcel.

Adolfo Aguilar y de Quevedo, abogado de Mariles, apeló. Dijo en su alegato que “la ley no exige, ni puede exigir, lo que es imposible para la naturaleza humana”, pues su cliente “no se educó en un colegio de monjitas” y se preguntó si los señores magistrados esperaban que Humberto Mariles interrumpiera “la reacción que de modo forzoso le produjo la provocación, la grave ofensa, la reiteración de embestida y el acoso de su atacante, para quedarse inmóvil, sereno y tranquilo; juzgan que no debió tener el ánimo conturbado y excitado, en extrema y confusa tensión, sino con mesura que permite frío y calculador raciocinio, contenerse y no usar el arma que portaba”. Para qué calientan al general, pues, si ya ven que es bien bronco, la culpa es del muerto.

IV: Finales incompletos
A su salida de la cárcel, Mariles todavía fue invitado a participar en un desfile del 20 de noviembre (en 1972), donde dicen que le aplaudieron mucho. Sin embargo, viene el giro de tuerca, pues en palabras de su hija Virginia: “Un día después, acaso dos de aquel desfile, mi padre recibió una orden del gobierno: trasladarse a París. Nunca nos dijo el motivo”. Como diría aquél, the rest is silence.

1 comentario:

Rosa dijo...

Me parece triste y controvertida la vida de este gran deportista mexicano, que como otros más se construyen por esfuerzo propio y el sistema se encarga del resto.
Interesante Ernesto, gracias.