Conciencia

viernes, 11 de diciembre de 2009

Jueves 3/dic/09: La transparencia en Colima / La Boquita / Al Gore


I: Buenos días

Hace algo más de un año, participé durante varias funciones como actor emergente en una obra de teatro llamada Una historia transparente. En esta puesta en escena, patrocinada por la Comisión de Acceso a la Información a la Información Pública del Estado de Colima, de lo que se trataba era de dar a conocer al público infantil la entonces recientemente estrenada Ley de Transparencia, así como de animarlos a irse formando una actitud crítica y curiosa ante la manera en que se gastan los dineros públicos, con la intención final de que fueran entrándole al juego de la cultura democrática — o al menos eso decía el papel. Al final de las funciones, teníamos una sesión de preguntas y respuestas con los niños, que siempre mostraban interés por la nueva ley, y a quienes animábamos a comentar el tema con sus papás, y a ejercer ellos mismos su derecho a la información. En estos días, sin embargo, me parece que sería absurdo dar una representación de esta obra, y pregonar ante niños algo que muy pronto fue convertido en letra muerta: la transparencia en Colima, hoy más que nunca, es pura demagogia. Las palabras misteriosas de hoy son: turbulencia, mentiras, dineros.

II: El que nada debe…

Los valores democráticos han sido tan vapuleados históricamente en nuestro país, y el actuar de algunos servidores públicos se ha vuelto tan desvergonzado en años recientes, que muchos mexicanos ya ni se inmutan ante las transas, los ocultamientos, las mentiras y la falta de claridad en las cuentas, porque les comienza a parecer normal la oscuridad en la cultura política. A esa abulia le apuestan los que malabarean la información que debería ser pública: a que ya de plano está tan jodida la cosa, que nadie va a brincar por una transa más. A esa apatía parece estarle apostando el nuevo gobierno estatal, que ha venido dándole largas al tema de las finanzas (y de La Boquita, y del terreno regalado a una empresa médica privada, y de…) y que oculta una información que, si nos atuviéramos a la ley, debería ser del conocimiento general. Cabe preguntarse, ahora que todos se le echan encima al único diputado que puso el dedo en la llaga, “¿y la transparencia, apá?”.

Sobre el tema de La Boquita, por cierto: pocos se han detenido a mirar un poco más atrás el tema, y a ver que no se trata de si el metro cuadrado está a tantos dólares, y que si el precio resulta ridículo. Menos son los que han visto que el punto no es si el estudio del impacto ambiental de la Semarnat dará la autorización o no para barrer con el entorno ecológico del lugar. La cosa va todavía más para atrás: el tema es que se trata de un patrimonio histórico del pueblo, por generaciones hemos disfrutado de La Boquita, nos hemos paseado por ahí, nos hemos bañado en esas aguas, hemos hecho castillos en esas arenas. Por muchas argucias legaloides que se inventen, hay una cuestión de historia y de moral que debería estar por delante de las consideraciones monetarias o incluso ecológicas. No se tendría que estar hablando de la instancia ambientalista a manera de excusa o de agarradera a ver si ellos suspenden la obra y le dan un respiro a la administración actual, que parece que quiere pretender que no tiene nada qué ver en el asunto. La Boquita no se debe vender por una cuestión más profunda, de identidad, de tradición, de patrimonio. No se trata de si van a contaminar y a matar especies marinas, se trata de que nos quieren quitar algo que, por generaciones, hemos hecho nuestro. El gobierno estatal debe olvidarse de esa venta (barato y fiado, además) si no quiere echarse a la uña un trompo que luego no va a poder controlar.

III: Mientras tanto, en el Primer Mundo…

Hablando de ecología y ambientalistas. Ahora que se celebrará en Copenhague la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, el paladín de los bonos de carbono, Al Gore, no va a desaprovechar para hacer unos dólares más a costa del calentamiento global, ahora que ya le halló que por ahí va la cosa. El 15 de este mes ofrecerá en la capital de Dinamarca una conferencia para presentar su nuevo libro, Our choice, donde dice que ofrece soluciones al cambio climático (seguramente negociar con más bonos). Hay boletos de varios precios (desde $520), pero llama la atención el boleto VIP, que cuesta 4,999 coronas danesas (arribita de $13 000), que tiene como atractivo que al pagar esa cantidad uno tiene derecho a “estrechar la mano del exvicepresidente de Estados Unidos”, dice la publicidad. Por si no estuviera haciendo ya cantidades industriales de dinero con el negocio de la ecología, ahora Al Gore cobra por dar la mano. Cosas veredes.

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