Debo confesar que la primera vez que la vi, tuve la impresión inmediata de que estaba mirando a un hombre correr. Aún antes de que otras competidoras externaran sus protestas, y de que los medios se encargaran de convertirla en un caso célebre, en esa primera imagen no me quedó duda, y la pregunta salió sin pensarla mucho: ¿Qué hace un hombre compitiendo con las mujeres en los 800 metros planos? Caster Semenya, es inevitable decirlo, parece hombre. Aunque ahora le han cambiado el peinado, y le pusieron ropa de mujer, la maquillaron, le colgaron joyas y accesorios, y la retratan en las revistas de moda, a mí que me queda la sensación del refrán aquél de que aunque la mona se vista de seda, y aclaro, esto es sin hacer referencias racistas, sino meramente por aprovechar la metáfora refranera.
Esa es la gran bronca en el asunto de Caster Semenya, la corredora sudafricana que causó conmoción dominando ampliamente los 800 m: que la corrección política en este caso se ha
impuesto por sobre las opiniones basadas en la lógica de lo que se ve. En otras palabras, si en estos tiempos uno externa lo evidente, que la corredora parece hombre, para pronto es acusado de ser o racista o misógino o imperialista o macho, o todo lo anterior junto. Y no, hay una postura que no tiene qué ver con nada de eso, y que es la que surge de manera automática cuando uno la ve: es evidente que ella parece hombre, y ya. Sin pensar en su nacionalidad, en el color de su piel, en los antecedentes históricos de su pueblo; dejando de lado todo esto, que tanto se ha esgrimido en los últimos días para defenderla, hay un pensamiento que es ineludible al momento de mirarla.
La semana pasada, el cómico norteamericano Jimmy Kimmel (que dentro de sus payasadas de pronto es muy certero en decir verdades) decidió hacer una encuesta respecto a la corredora sudafricana: tomó una foto suya de cuando ganó en Berlín, y salió a la calle a mostrarle la foto a niños menores de 6 años de edad, para preguntarles “¿Es hombre o mujer?”. La mayoría de los encuestados dijo que se trataba de un hombre, aunque luego, al mostrarles en comparación otra foto de Semenya en la portada de una revista de modas, surgieran las dudas en los infantes y éstos terminaron confundidos.
Esta ocurrencia de Kimmel fue implementada al día siguiente de que un diario australiano diera a conocer una supuesta filtración de los análisis que la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (IAAF, por sus siglas en inglés) está realizando para determinar científicamente el género de la corredora. De acuerdo con esta información, los exámenes habrían revelado que Semenya no tiene útero ni ovarios, sino que posee testículos internos, y su cuerpo produce tres veces más testosterona que una mujer promedio (lo cual representaría una considerable ventaja sobre las pistas).
El tema de qué es exactamente lo que define el “ser mujer” es demasiado espinoso y con más aristas de las que podríamos tratar de manejar en este espacio, así que no le entraremos a ese berenjenal. La cuestión de la feminidad de Semenya, la manera en que fue educada (como mujer, obviamente), y lo que ella, en lo personal, sienta respecto a su género, son asuntos que no nos conciernen y que pertenecen a la esfera de lo privado. La cuestión es que Caster Semenya decidió hacer una parte importante de su vida en el ámbito público, sobre las pistas y bajo los reflectores, el cual es un contexto en el que su género se vuelve un asunto crucial y de interés para los demás (en particular para las demás). Si ella no es lo que biológicamente (para las autoridades deportivas) se define como “mujer”, sí hay un problema que concierne a alguien más que solamente ella, porque se trata de una competición, y ahí se supone que debería haber igualdad de circunstancias para todas las que salen corriendo con el balazo.
Hace algunas semanas, el columnista Antar Martínez, en Ecos de la Costa, escribía sobre la “naturaleza” y lo “natural”, aduciendo que, en realidad, hablar de “lo natural” es una ficción, porque no hay en el universo algo que pueda ser catalogado de “natural”, como si fuera una propiedad inherente del tejido espacio-tiempo. La idea (muy manejada en la política) de que tal o cual cosa sea “natural” (como el matrimonio hombre-mujer, por ejemplo) es una falacia, pues la naturaleza no tiene parámetros finitos ni lineamientos definidos sobre su funcionamiento y sus manifestaciones. Lo natural no existe, para acabar pronto, es simplemente un constructo elaborado por las mayorías en el poder para justificar ideales. Caster Semenya ha puesto un claro ejemplo sobre lo inoperante de la idea de una naturaleza que actúa como reloj suizo; en ella parecen estrellarse la postura maniqueas de lo masculino y lo femenino como ying y yang únicos del panorama universal.
Si Semenya es hermafrodita, como apuntan las filtraciones periodísticas, la IAAF tendrá ante sí un panorama muy delicado que tendrá que manejar con pincitas. Dicen en Sudáfrica que si a Semenya le quitan la medalla que ganó en el Mundial de Berlín se va a desatar “la tercera guerra mundial”, y para ellos el tema ya es casus belli. Feministas, africanistas, organizaciones políticas y sociales, mucha gente dentro y fuera de Sudáfrica, ha tomado el caso de Semenya como una afrenta mayor que debe ser redimida, así que las autoridades deportivas tendrán que andarse con mucho, mucho cuidado en la información que den a conocer, y en las decisiones que tomen.
Finalmente, regreso a una reflexión que hace Jimmy Kimmel, y que aún desde su irreverencia y falta de corrección política, tiene lo suyo: las autoridades del atletismo internacional han anunciado que ya están listos los resultados de las pruebas que se le aplicaron a Semenya en las primeras semanas del mes de julio; sin embargo, estos resultados serán ahora analizados por un panel de médicos, que emitirán opinión hasta finales de noviembre. Con no poca ironía y agudeza, dice Kimmel que “si necesitas que un grupo de expertos pase cuatro meses para determinar que eres una mujer, lo más seguro es que no lo seas”.
Este y otros artículos en ErnestoCortes.blogspot.com. Los leo: Ernesto@CuerdaCueroyCanto.com.



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