
I: BUENOS DÍAS
Somos siete en el curso —incluída la maestra—, de cuatro países. Yo soy alumno y traductor a la vez, y voy interpretando de inglés a español, con ocasionales aclaraciones en francés para la artemarcialista gala a la que de pronto se le van las palabras. Es un privilegio, en todos los sentidos. Educación personalizada, un ambiente paradisíaco, y unas enseñanzas que de cada dos por tres nos dejan con la boca abierta. La educación somática en su advocación Bones for Life tomada con la maestra Deborah Lotus (una de las primeras practicantes del método) es una de las cosas más interesantes que he tenido oportunidad de estudiar. Aunque originalmente me interesé en estas cuestiones para la aplicación personal, ya estoy contemplando que este será apenas el primer paso para una nueva ventana de desarrollo profesional. Lectores antiguos recordarán que hablé profusamente sobre Bones for Life cuando estuve traduciendo el año pasado un curso en San Miguel de Allende. Ahora, al vivirlo en persona, es otro rollo. Las palabras misteriosas de hoy son: educación somática, distancias, hippies.
II: ZIPOLITE, OAXACA
Cuenta la leyenda que en los años 70s un grupo de hippies pasó por Zipolite y les gustó tanto que decidieron quedarse. De este modo “fundarían” lo que se convertiría en la que se dice la única playa nudista de México (dizque oficialmente es cierto, pero no), un lugar paradisíaco que asemeja más, por la gente, a una playita del Mediterráneo: en Zipolite la lingua franca es el inglés en todos los acentos imaginables, y se escuchan los idiomas más extraños: sueco, checo, polaco, qué se yo, no hablo tanto. La población indígena local se acostumbró y se adaptó al turismo, y eventualmente, para bien y para mal, cedió a este. En realidad, a estas alturas, el pueblo está manejado por extranjeros, lo cual es una pena en términos sociológicos y culturales, pero es una bendición en términos de ecología y servicios turísticos.
Los italianos y franceses, principalmente, son los que rifan en la economía local: los restaurantes y hostales manejados por ellos son los más exitosos, y en realidad, como digo, para el visitante es una maravilla el lugar, porque se recibe un trato excelente, con estándares de servicio que no hay en otras partes de México que presumen de mucho desarrollo e inversión turística. Uno se debate entre dos sentimientos, pues: por un lado, duele ver que los nativos quedaron relegados a vender collarcitos y pescadillas en la playa; pero por el otro, Zipolite es un lugar prístino, donde se recicla, se mantienen las playas limpias, se ahorra el agua, y se vive en general una cultura con lo bueno de Europa, desde la comida hasta la organización, pasando por la conciencia ecológica y el buen servicio. Todo esto no sería posible si el lugar estuviera en manos mexicanas. Es triste, pero cierto.
III: LA ESCENA SURREAL
Si me la contaran, no la creería. Están los albañiles, todos muy de casco amarillo (¿albañiles con casco? ¿En México?) afanándose en la construcción de lo que parece será un hotelito de dos pisos en la playa, una de las pocas construcciones que no serán de palapa y madera en Zipolite. A veinte pasos de ellos llega una muchacha rubia, se quita la ropa, y se tiende desnuda sobre una toalla. Los albañiles apenas le dedican una mirada, y siguen en lo suyo. Ni siquiera un codazo al compañero, mucho menos un silbido o un piropo ñilesco, nada. La población local está tan acostumbrada a la desnudez que ni caso hace. Yo todavía no. Estoy en un ciber a 15 metros de la arena, y cada tanto me distraigo inevitablemente. Es más, los dejo, me voy a la playa.
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1 comentarios:
Jajaja, no cabe duda: en el mar, la vida es más sabrosa :)
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