Conciencia

domingo, 22 de marzo de 2009

Martes 17/ene/09: Los locos y las elecciones


I: BUENOS DÍAS
La escena era digna de una película del Santo: conferencia de prensa formal, el candidato al centro de la mesa, flanqueado por dos individuos vestidos de frac y tocados con sendos sombreros de copa. Rafael Aguilar Talamantes, candidato del PFCRN a la Presidencia, toma la palabra y anuncia: “he decidido retar a duelo a los señores Ernesto Zedillo y Cuauhtémoc Cárdenas, por eso es que me acompañan mis padrinos, los señores fulano y sutano, quienes me harán el favor de entregar personalmente las cartas de reto”. Los tres se ponen de pie. Aguilar Talamantes le entrega un sobre al individuo a su derecha: “Le voy a pedir, padrino, que le haga llegar esta carta al señor Zedillo y le informe que lo reto a un duelo verbal”. “Así se hará, licenciado”, responde el otro, que se inclina en una reverencia al tiempo que se levanta el sombrero. Hace mutis. “Le voy a pedir padrino —le dice al de la izquierda— que le haga llegar esta carta al señor Cárdenas, y que le informe que lo reto a un duelo verbal”. “Así se hará, licenciado”. Reverencia, sombrero, y mutis. El candidato mira a los periodistas reunidos, todo radiante él, con cara de “¿Cómo les quedó el ojo, eh?”. Las palabras misteriosas de hoy son: elecciones, extravagancias, loquitos.
II: PERISODÁCTILOS
La locura, sea genuina o imitada, neurológica o poética, siempre ha tenido cabida en los procesos electorales. El 4 de octubre de 1958, la contienda por la alcaldía de Sao Paulo, en Brasil, fue ganada por un rinoceronte llamado Cacareco. La gente votó en masa por el animal a manera de protesta, que de mucho no sirvió en el momento (el paquidermo nunca asumió), pero que funcionó como ejemplo para unos quebequenses que, entre el radicalismo y el surrealismo, fundaron cinco años después en su país el Partido Rinoceronte, que tuvo registro formal y estuvo presente durante tres décadas en la vida política canadiense, llegando a convertirse en la cuarta fuerza política de su país a mediados de los 80s. Los rinos tenían propuestas como el poner aceras de goma para que los borrachos no se lastimaran al caer, o derogar la ley de gravedad (en serio), y si bien nunca lograron un asiento en el parlamento, varias veces estuvieron a punto de ganar elecciones locales, de tan mal que andaba la cosa con los políticos formales.
III: DF
Durante el sexenio de Zedillo, en la Ciudad de México había un loquito que se ponía en el Monumento a la Revolución y decía que era el presidente de la república. Tenía ahí su escritorio y despachaba, según él. En una ocasión se encontró con Aguilar Talamantes, y le dijo que tenían que unir fuerzas, a lo que el ex-candidato le contestó: “no sea payaso”.
IV: MIENTRAS TANTO, EN LA CIUDAD DE LAS PALMERAS…
Cuando supe de él por primera vez, pensé que se trataba de una broma, pero no, el señor iba en serio con que quería ser gobernador de Colima. Sus comunicados escritos (que mandaba en masa vía mail) parecían textos patafísicos de Jarry, con grandilocuencias delirantes y un uso del idioma tan grotesco y exorbitado que parecía arte radical. Se presentaba como el paladín de la justicia, dechado de sagacidad y sapiencia política, y se creía miembro de círculos privilegiados a los que concurrían selectos industriales, adinerados banqueros, políticos de altura – y él.
Se quejaba amargamente de que la presidencia estatal de su partido nomás no le hacía caso, aunque estaba seguro de que era por cuestiones de agenda, y de que pronto le darían cita para anotarse oficialmente en la lista de precandidatos a la gubernatura, a la cual se sentía merecedor nato, teniendo tantas virtudes y habiendo hecho tanto, oh tanto, por el partido. Daba ternura, pobrecito. Y pues no. No ganó la candidatura. Es más, creo que solo dos periodistas de medios impresos llegaron a mencionarlo alguna vez, ninguno en términos elogiosos. No voy a decir su nombre, porque no le voy a dar la publicidad que tanto necesita ahora que seguramente anda buscando hueso menor a la sombra del ungido, pero créame, amigo lector, el personaje existe; ellos están en todas partes.
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