
I: Buenos días
Cada vez que una nueva tecnología para la comunicación es introducida en una sociedad, hay un período muy particular de exaltación previa a la adaptación —y luego a la resignación— que su uso y abuso provocan. Este período no está exento de incomprensión y de tosquedad, así como de cortedad para ver las implicaciones futuras que esa tecnología tendrá en la sociedad. Cuando el telégrafo se inventó, muchos pensaron que esa era la solución democrática a las comunicaciones. “El gobierno ya no nos va a poder mentir, con el telégrafo podremos saber la verdad de todo lo que ocurre en cualquier parte del mundo”. No contaban con que, apenas tres décadas después, dos compañías controlarían prácticamente todas las líneas telegráficas del mundo, incluidos los cables submarinos. El cine, la televisión y la radio fueron eventualmente controlados por las grandes corporaciones. Por eso es que, con la popularización de la internet, estamos todavía viviendo momentos tan desordenados y torpes respecto a su uso: es novísima la tecnología, hablando en términos históricos; todavía no sabemos muy bien qué hacer con ella. Confundimos novedad con libertad y democracia. Las palabras misteriosas de hoy son: tecnología, políticos, amigos.
II: La política en tiempos de la red
Antes, podía una persona recibir por correo tradicional un anónimo y nomás hacer chilito y rabieta, quedando impune el autor del ataque. Hoy en día, si eso se intenta por internet, lo más seguro es que más temprano que tarde se acabe por encontrar al agresor, a través de rastreos electrónicos. El paradigma de la comunicación cambia cuando la red entra en la ecuación. Este cambio de paradigma, sin embargo, está en sus primeros pasos, y cuesta trabajo entenderlo y adoptarlo.
El correo electrónico, o email, es el juguetito nuevo de los políticos (por ahora hablo de los locales), pero ocurre que, precisamente, cuando ellos (o los que les manejan las cuentas) envían publicidad (que no fue solicitada) de manera masiva, el ciudadano que recibe esa publicidad se encuentra en posibilidades de responder, y de manifestar su parecer respecto a lo que se le envía. Ya no se trata de una comunicación unidireccional, sino que la cosa se mueve en muchas direcciones. El ciudadano de a pie tiene voz, y se le puede poner respondón al político que abusa de la red.
III: Quien tiene un amigo…
En internet, si no se tiene experiencia, es fácil caer en el espejismo de que la masividad es sinónimo de adhesión, fidelidad y felicidad, en particular cuando se trata de comunidades en línea como Facebook, Myspace o Hi5. Estos sitios se han convertido en puntos de encuentro muy importantes para todo tipo de actividad humana: política, arte, amistad, diversión, sexo, lo que quieran; sin embargo, las reglas no son las mismas que en el mundo real. Los “amigos” de Facebook no son necesariamente tus amigos, ni te van a dar las satisfacciones de los reales. Tila Tequila es la persona con “más amigos” en internet, habiendo sobrepasado la cuenta de un millón de amigos en Myspace hace un par de años, y andando ahorita arriba de los tres millones y medio (siendo que el ser humano no está “cableado” para interesarse por y entender verdaderamente a más de 200 congéneres, el número de integrantes de la tribu neolítica). Sin embargo, y aún sin ser su amigo, puedo asegurar que la encueratriz (y dizque cantante) de Singapur no es la persona más feliz del mundo. Lo mucho no implica lo bueno. Menos en la red.
Este espejismo de la “amistad” masiva vía internet hace que algunos políticos (o quienes les manejan las cuentas) se vayan sobre la idea de “hacer bola” en vez de aprovechar el medio para verdaderamente hacer pasar su mensaje. Aquí entra en juego otra cuestión: el problema es que algunos de esos políticos no tienen mensaje, tienen solo la ambición.
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