I: Buenos días
En el capítulo anterior de esta columna comentábamos el caso de un cartel “informativo” del Centro de Integración Juvenil de Villa de Álvarez donde se indica que ni la dietilamida de ácido lisérgico (LSD, por sus siglas en alemán) ni el tetrahidrocannabinol (THC, sustancia psicoactiva de la cannabis) tienen usos médicos. Nada más alejado de la verdad, pues la primera sustancia es la droga (ahora ilegal) más estudiada por la ciencia, y fue profusamente utilizada en la psiquiatría durante los 15 años en que tuvo estatus legal, mientras que la segunda es usada actualmente en diez países del mundo civilizado como medicamento legal para males que van de la artritis al SIDA, pasando por la esclerosis y la migraña (además de que toda abuelita sabe que, para el dolor reumático, nada mejor que unas friegas de alcohol con marihuana). No era nuestra intención demeritar el trabajo que hacen los CIJs, que seguramente han sido benéficos para mucha gente, sino ejemplificar la cultura de desinformación y miedo que ha provocado que en México se le tenga pavor a la propuesta de la despenalización de ciertas cantidades de algunas drogas, que ahora se maneja en el DF y tímidamente se menciona en el resto del país. Basándose en las emociones y el prejuicio, muchas autoridades se expresan en estos días contra la idea, por tradición y costumbre, en algunos casos, por maldad y conveniencia, en otros. Las palabras misteriosas de hoy son: de despenalizaciones, segunda parte.
II: La ignorancia se cura, la cerrazón no.
Algunas autoridades (entre ellas ciertos colimenses) se han manifestado contra la idea de la despenalizacion principalmente por ignorancia. Lo cual no es dicho en plan ofensivo, sino porque, efectivamente, ignoran que en algunos países esto ya se hizo desde hace 30 años (Holanda) y desconocen los beneficios que esta medida ha aportado al sistema (uso médico de algunas drogas, control del mercado, sociedad informada, disminución de la violencia asociada al tráfico, ingresos al Estado a través de ganancias arancelarias —impuestos a las drogas, pues—, disminución de la población carcelaria, mejoramiento de los planes de prevención, y —otra vez— disminución de la violencia asociada al tráfico, entre muchas otras). Contrariamente a lo que algunos creen, la despenalización de las drogas no aumenta su consumo (ver artículo de Craig Reinarman, Peter D. A. Cohen y Hendrien L. Kaal en American Journal of Public Health, mayo de 2004) de la misma manera que al legalizar el aborto no se viene una ola desenfrenada de los mismos, ni la legalización del matrimonio homosexual provoca que aumente el número de gays entre la población.
Algunas otras autoridades (espero que no colimenses) seguramente se manifiestan contra la despenalización porque se les cae el negocio. Cada día nos enteramos de un nuevo grupo de policías o funcionarios que estaban coludidos con el narco, y todos sabemos que hay muchas autoridades, en diversos niveles del poder, que tienen las manos metidas en el negocio del tráfico ilegal de drogas. Si éstas se llegan a despenalizar y se establecen mecanismos legales para su cultivo, proceso y venta, a estos servidores públicos se les muere la gallina de los huevos de oro. Por eso tanta oposición.
III: De la violencia como cultura
Le propongo el siguiente ejercicio de voluntad: resístase a ver los noticieros por una semana. Siga las noticias por otros medios, pero no vea a López Dóriga y menos a Alatorre, ni a los mercenarios de la noticia menores que hay en las televisoras nacionales. Luego, tras siete días de abstinencia, vea un noticiero de nuevo y mida si su persona responde de una manera un poco más sensible a toda la violencia que aparece en el “informativo”. Sin darnos cuenta, nos hemos desensibilizado respecto a los muertos nuestros de cada día. Ya ni cosquillas hace el enterarse de que aparecieron 10 descabezados en Tijuana, ni que cayó en balacera nocturna de Ciudad Juárez una banda de narcos, la mitad de los cuales era policías, ni que 20 reos se mataron a palazos y puntazos en la cárcel de Culiacán. Nos estamos acostumbrando a la violencia sin control, y ya la vemos como el estado natural de las cosas, cuando esa es la aberración más grande a la que nos está conduciendo el “presidente del empleo”. En particular las últimas semanas han sido plenas de noticias de motines en las prisiones, y muertos por carretonadas dentro de los asfixiantes centros de “rehabilitación”, donde por cierto, hay muchos encerrados no por tráfico, sino por posesión de sustancias ilegales en cantidades que podrían ser consideradas para consumo personal, algo que la nueva propuesta de ley despenalizaría para —entre muchas otras cosas— aliviar la pesada carga al sistema penitenciario nacional.
Décadas de luchar contra el tráfico de drogas usando la fuerza bruta han demostrado su inutilidad: de Caro Quintero al Chapo Guzmán no ha habido mejoría alguna. Es hora de que nos demos cuenta de que no va por ahí la estrategia: si la policía estrena hoy 200 patrullas, los cárteles se surten mañana de 500 cuernos de chivo traídos ilegalmente de Europa Oriental, y sigue escalando la violencia. No va por ahí la cosa, pues. La educación, la cultura, la ciencia y la información deben ser las herramientas (no las armas) que se contrapongan al tráfico de drogas y la violencia que éste genera. Hace falta ya dar pasos inteligentes, y debilitar al crimen organizado por otros medios, así como dejar de mentir a la población y poner un alto a la cultura de la desinformación y el miedo. Portugal puso un ejemplo muy importante al mundo cuando hace siete años cambiaron la perspectiva, y, de considerar al adicto un criminal, pasaron a considerarlo un enfermo, y a tratarlo y ayudarlo como tal. Su sistema penitenciario lo ha agradecido, y aunque todas las drogas son legales, el país no se ha ido a la mierda de la manera en que nos estamos yendo nosotros. Hace falta reflexionar sobre todo esto, antes de que se impongan la ignorancia, la tradición bélica y el prejuicio por sobre la razón y un proyecto de país que viva en son de paz.
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